JULIO GONZÁLEZ ALONSO, POETA Y MUCHO MÁS

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Julio González Alonso es poeta y leonés o leonés y poeta, no queda claro qué va antes o si uno puede ser sin el otro. Estará firmando libros en la caseta de Urrike Liburudenda de la I Feria del Libro de Portugalete el próximo viernes 15 de junio de 2018 de 12:30 a 14:00. Dice que tiene El Quijote como libro de cabecera, promueve las Noches Poéticas de Bilbao y, aunque afirma estar retirado de la enseñanza, el que tuvo, retuvo. Tomen nota de la clase magistral sobre lo que es para él la poesía, y mucho más.

 

Por favor, háblanos de ti, quién eres, qué escribes, en qué estás trabajando ahora.

Soy leonés de nacimiento y de vocación, criado al aire y el paisaje de La Pola de Gordón, en la montaña central leonesa de las estribaciones cantábricas. Esas son la raíces de mi sentir poético y literario; diría más, esos son los poetas que prendieron la lumbre de los primeros versos: León, La Pola de Gordón, la infancia, la escuela y el patio de la escuela, los juegos interminables, las interminables orillas del río y los salguerales, la nieve y el frío, el verano, la primavera breve, los primeros grandes amores…

La fortuna quiso traerme al País Vasco y enraizar en Bizkaia donde desarrollar mi vida laboral en la Enseñanza y formar una familia, tarea apasionada a la que me dedico desde hace cerca de 40 años.

Habrá ocasión en los primeros años, como es natural, de entrar en contacto con la poesía a través de los textos escolares que, aunque en aquella época de la dictadura se escamoteara o falseara nuestra historia, no dejaron de aparecer, junto a los clásicos que llenaron el Siglo de Oro, autores como Federico García Lorca, Antonio Machado, Miguel Hernández o León Felipe, entre otros más o menos censurados. Pero el primer poeta que cayó en mis manos, todo para mí, fue el leonés Victoriano Crémer, como premio en un certamen literario de la Escuela de Magisterio de León en el año 1968; el libro en cuestión, Poesía Total (1944-1966), lo conservo todavía y todavía sigue siendo fuente de admiración y aprendizaje. Luego llegarán todos los demás, los que se han ido quedando con sus voces y su palabra en los rincones de la escritura.

El espacio teatral ocupó un lugar importante en mi vida joven, formando grupos o tomando parte en otros, como la breve experiencia de los Cátaros de Alberto Miralles en Barcelona. Esa experiencia y la participación activa en la agitación social de la época desembocó en la militancia anarquista en la CNT, constituyendo ambas el ámbito de resonancia para los versos que nacerían entonces y creo que los de ahora, pese a estar alejado del teatro, al que acudo como mero espectador. No han existido grupos literarios o poéticos en los que haya estado integrado, con los que haya poseído o posea afinidad, gusto o tendencia. En este sentido, si la palabra autodidacta significa algo, podría ser empleada, ya que ni siquiera mis estudios universitarios –centrados en la Psicología (Universidad de Barcelona  San Sebastián)- tuvieron algo que ver con la Literatura.

Actualmente estoy retirado de la Enseñanza y, desde su fundación, formo parte de Noches Poéticas de Bilbao que, de manera itinerante, lleva la poesía a los bares de la villa en veladas en las que se mezclan las artes de la recitación con el de la música y la interpretación. A nivel literario, además de seguir manteniendo los cuadernos de ÍnsuLa CerBantaria, Lucernarios, Escrito en Prosa, Teatro: Las tablas de la vida y Viajar, Ver, Vivir, tengo preparado un nuevo poemario para editar al cual sigo dándole vueltas; un libro es como un cuadro, das unas pinceladas, te alejas, observas y vuelves a él hasta el momento en que sientes que ya está acabado.

¿Cómo entiendes tú la poesía?

El mundo, pienso, es la poesía. La percepción del mundo y el modo de explicarlo. Ahora bien, los elementos que median en esta explicación, palabra y sentimiento, son características propias, aunque no exclusivas, de la poesía. Si toda obra artística, en general, pretende conmover, la poesía lo hará a través de la palabra abriéndola a  múltiples significados, evocaciones y sugerencias que conectan directamente con el sentimiento y el mundo onírico. Un poema es, en ocasiones, un sueño del que al despertar encontramos apenas dos o tres imágenes vívidas, las que alcanzaron nuestro inconsciente y removieron nuestros cimientos. Por eso en el poema más directo, más socialmente comprometido, más cargado de mensaje objetivo, cabe la interpretación. Podría valerme, en este caso, del concepto de caleidoscopio para referirme a la belleza y la emoción que pueden nacer de la rueda de las palabras.

La poesía, como cualquier otro tipo de expresión artística, es un fenómeno de catarsis, una ambición de explicar el mundo, descubrir las aristas dolorosas de la vida, las superficies planas de la serenidad, tocar y acariciar las curvas del amor, es necesidad de explicarse a sí mismo, sorprenderse a uno mismo y, tal vez, emocionar a los demás. Los poemas, si me gustan, es porque son como los hijos o los niños, que los traes al mundo o compartes su existencia, pero que luego crecen solos, se hacen adultos e independientes y ya no te pertenecen. En ocasiones no son siquiera como tú habías imaginado, para sorpresa o desesperación.

No quiero decir que sea la obra literaria la que domine al autor, sino que no es el escritor quien domina en su totalidad la última realidad y el destino de la obra literaria. Siempre cabe, en último extremo de disconformidad o discrepancia, romper el texto, matar al hijo; aunque sabes que ya será otra voz y otra emoción diferentes. Por eso, el hijo puede malograrse en su concepción, pero una vez nacido acabas aceptándolo y queriéndolo tal cual es.

Dicho lo anterior, añadiré que la poesía representa, en este momento, la oportunidad de expresar mi particular visión del mundo, de la existencia y sus experiencias, de manera equivocada o no. No entiendo la poesía como profesión y ni siquiera ejerzo de poeta, así que mi vida transcurre –afortunadamente- con las mismas complicaciones de las personas que me rodean, los mismos miedos y creo que las mismas dudas e ilusiones. Entre mis necesidades, digamos que se encuentra ésta de escribir poesía  de la misma manera que otros tienen la necesidad de escalar montañas, navegar o hacer pajaritas de papel. Creo, no obstante, que la poesía en general –no mi poesía- es una buena herramienta para la convivencia, la comprensión de los demás y que siempre ayudará a hacer posible humanizar y mejorar nuestras sociedades.

Parece que la poseía vuelve a estar de moda, hay autores jóvenes que mueven sus poemas a través de redes sociales, editoriales que se animan a publicar, ¿cómo ves este movimiento desde tu experiencia?

La caja de resonancia que supone la red con sus foros y su inmediatez son un descubrimiento extraordinario y una herramienta útil para publicar y comprobar –en cierto modo- el resultado y efecto del texto producido. Yo no hubiera sacado mis poemas de sus carpetas ni hubiera escrito algunas cosas si no hubiera tenido esta oportunidad. En este sentido, considero muy positivo este soporte para la difusión y expresión de la poesía. Ahora bien, la red es muy grande y caben infinidad de contenidos, buenos, regulares y malos. Serán el tiempo y la calidad de los espacios quienes determinen la oportunidad del éxito y el reconocimiento o que se pierdan en el vacío y el olvido.

No podemos ignorar, de todos modos, que la poesía ha sido siempre un género minoritario. Igual que el teatro. No hay más que comparar las tiradas editoriales de estos géneros. El problema para el editor es hacer rentable la edición; pero para eso hay que vender, hay que tener un mercado, unos potenciales compradores. No creo que se pueda poner en circulación un libro sin la difusión adecuada. Pero eso también cuesta dinero. Y con la poesía no parece seguro asumir demasiados riesgos.

Si el problema residiera, fundamentalmente, en el público que podría acceder a la compra de libros de poesía, habría que empezar por ganarse el interés de ese público, de los posibles lectores. En este sentido, tanto la red de redes como los concursos patrocinados por instituciones y agrupaciones culturales pueden servir de ayuda, aunque no van a resolver el problema. La verdad es que no tengo la solución, si la solución consiste en conseguir equiparar la lectura de poesía a la de la novela. Me temo que no puede pretenderse tal cosa, que la poesía seguirá siendo minoritaria a pesar de la efervescencia del fenómeno internet.

Vivimos tiempos convulsos, crisis económica, crisis identitarias, un mundo globalizado, ¿la poesía sigue teniendo lugar? ¿Qué puede aportar?

Opino que la persona que escribe ya es una persona comprometida. Si te refieres a un tipo de compromiso social, político, público, pues te diré que no me parece imprescindible. El escritor, tenga convicciones religiosas, políticas, ideológicas, o no las tenga, no puede escapar a la explicación de lo que le ocurre, el resultado de su interactuación con el mundo. Su actitud puede ser más o menos consciente, pero siempre reflejará su mundo y las tensiones de su mundo.

Es posible que hoy, más que nunca, seamos conscientes del grado de violencia en que la Humanidad está inmersa. Parece lejano y utópico soñar con un futuro sin guerras, sin hambre y sin odio. Las imágenes diarias llegadas de cada rincón de nuestro mundo resultan desoladoras. Pero también somos capaces de infinito amor y extrema generosidad, de actos solidarios que nos redimen. Tal vez reivindicaría la voz de la poesía para llegar a tener la confianza que necesitamos para construir un mundo sin guerras, sin hambre, sin violencia.

El riesgo, sin embargo, de dejar aflorar las ideas políticas o sociales manejadas por las ideologías, es el de hacer panfletos. No todo lo que está puesto en verso o prosa es poesía o literatura. La forma no hace el contenido como la botella moldea el agua que la contiene. No ocurre así en poesía. Hay trabajos que tienen forma poética, en verso o prosa, como podemos ver cada día, pero que no son poesía. Ahora bien, si es verdad que podemos encontrar una mala poesía en forma de panfleto desde la escritura ideológica, también nos topamos con poesías que pueden ser una vaciedad o un sinsentido, desde posiciones intimistas, descriptivas o narrativas alejadas de lo social como toma de postura. Parece ser que la sensibilidad del escritor, su manera de meterse en los problemas, le predispone al compromiso con su sociedad, pero no es mejor escritor el que lo es por el mero de ser militante. Esta postura es más frecuente, no obstante, en situaciones de dictaduras políticas o militares.

El hecho de que me gusten poetas comprometidos como Blas de Otero, Celaya, León Felipe, M. Hernández o el mismo F.G.Lorca, no significa que considere imprescindible el compromiso social o político militante para hacer poesía. Ellos supieron utilizar la herramienta del verso para la denuncia  y la reivindicación sin caer en la apología ideológica. Es algo muy difícil de hacer y reservado a pocas personas, pienso.

¿Es la poesía herramienta de transformación? Evidentemente. La poesía es una poderosa herramienta de cambio y transformación, como intuyó el poeta vasco Gabriel Celaya. Pero es la sociedad la que recurre a la poesía para expresar su sentimiento de lucha y sus reivindicaciones históricas cuando lo considera necesario. Así ocurrió en España durante la dictadura cuando cantantes como J.M.Serrat o Paco Ibáñez pusieron música a poemas de Antonio Machado, García Lorca, Miguel Hernández o Pablo Neruda. Es más, en momentos de crisis, las sociedades llegan a descubrir y actualizar las claves del compromiso y la reivindicación incluso en obras clásicas, como ocurrió en el periodo histórico mencionado con poetas como Garcilaso de La Vega, Calderón, Lope de Vega o Francisco de Quevedo. Entiendo, en este sentido, que la poesía está y debe estar ahí siempre, volcando su voz y sentimiento, llegando al compromiso militante cuando sea exigido, aún a costa de sacrificios personales como los históricos de Federico García Lorca o Miguel Hernández en España o del cantante y poeta Víctor Jara en Chile, a modo de escueto ejemplo. Entiendo, finalmente, que será la sociedad de cada momento la que sepa servirse de la poesía y sus poetas.

¿Qué destacarías de una iniciativa como esta, una feria del libro en Portugalete?

Subrayaría, por un lado, la enorme capacidad y generosidad de las iniciativas particulares en la promoción de la Cultura, haciendo lo que las instituciones deberían hacer y no hacen o lo hacen ocasionalmente y de forma elitista; destacaría el componente democrático de esta iniciativa en el diseño y desarrollo del proyecto, así como la colaboración gratuita de muchos o todos los participantes, lo que supone un acto de loable voluntariado. Cabe esperar que el ejemplo de cómo con poco se puede hacer mucho, cunda y llegue a los organismos competentes  tomen nota.

En el caso que nos ocupa, la audacia y hasta heroicidad de la Asociación Cómplices Literarios es un ejemplo para todos, asumiendo riesgos en la apuesta por el libro y el mundo del libro con todos sus contenidos. Porque el libro, pese a todo, está vivo.

¿Qué papel puede tener, en tu opinión, una librería como Urrike, en la promoción y desarrollo de la cultura, en este caso de la poesía?

Las librerías son una de las patas imprescindibles para la difusión de la cultura a través del libro impreso. La oportunidad de acercarte a la obra, verla, tocarla, olerla, sentirla físicamente envuelta en el papel y la tipografía, es algo a lo que el lector no va a renunciar. Como ha ocurrido con la radio, el cine o el teatro, ocuparán un espacio renovado, pero seguirán resultando ser imprescindibles.

En ese nuevo espacio, las librerías encontrarán el modo de visualizar los libros de modos novedosos y abrirán sus puertas a actividades lúdicas y especializadas en torno a la literatura y las obras literarias, entre ellas la poesía que hoy por hoy ocupa un minúsculo rincón o no aparece en muchas librerías, igual que ocurre con el teatro.

Tal vez se encuentren nuevas formas de trabajar con las editoriales para mostrar físicamente los libros mediante exposiciones temáticas y temporales, al estilo de los museos en la renovación de sus planteamientos, con conferencias, presencia de autores, talleres y la implementación de otras artes como la música o las proyecciones audiovisuales.

Creo que la librería concebida como almacén con unos fondos costosos y difíciles de mover dará paso a la librería dinámica en la que los libros se moverán de forma itinerante. No pueden las librerías asumir los riegos de las editoriales; éstas han de ser flexibles y gestionar las publicaciones de otro modo pues el volumen de libros editados así lo exige. Otra cuestión bien diferente es la de los grandes grupos editoriales. Pero, a la larga, también tendrán que evolucionar y adaptarse a un mercado nuevo.

¿Cuáles son tus referentes? ¿Quiénes son tus autores favoritos?

Mis referentes se hallan en las obras de todos los autores a los que me he acercado y que ha ido conformando mi mundo literario, mi forma de expresión, el estilo. Ellos me han dado, sino los ojos, sí la mirada. De todos modos, la postura “filosófica” ante el mundo, creo que quedó muy marcada con el llamado teatro del absurdo y su preocupación angustiosa por explorar los espacios de la comunicación verbal. Sufrí ese desgarro de Samuel Beckett en su Esperando a Godot o Final de Partida, o de Ionesco en sus personajes en busca de autor, entre otros. Me inquietaron los planteamientos de Bertolt Brecht y me poseyeron las ideas de Albert Camus en obras como Los Justos. En algunas de estas obras participé actuando, otras las vi representadas o las leí, pero todas me dejaron huella. Luego, descubrí, admiré y amé ya para siempre el teatro clásico español, entre los que destaco a Lope de Vega o Calderón de la Barca.

Es curioso como casi todos mis autores resultaron ser dramaturgos. Pero así fue. A la lista llegan personajes como Miguel de Cervantes, García Lorca, Pablo Neruda, Constantino Kavafis, Rainier María Rilke o Antonio Gamoneda, Antonio Colinas, Victoriano Crémer, Antonio Pereira, en la extensa nómina leonesa… Echo en falta algunas autoras, pero de las pocas, me sedujeron Pardo Bazán, Marguerite Yourcenar, Carme Riera y Eva González, que escribe en leonés.  En fin, autores heterogéneos que creo han ido llenando mi saco de experiencias y de los que, indudablemente, aprendo.

¿Cuál es el clásico que no has podido leer?

Siguen sin encontrar su ocasión el “Ulises” de James Joyce, aunque sí me interesó el Retrato de un artista adolescente. Tampoco Marcel Proust con “En busca del tiempo perdido” tiene suerte; suerte que sí tuvieron “Por el camino Swan” y “A la sombra de las muchachas en flor”.

¿Qué libro estás leyendo ahora?

 Mi libro de cabecera es “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”. Lo leo permanentemente y, de hecho, al Quijote y al mundo cervantino les dedico un cuaderno o blog con el título de “ÍnsuLa CerBantaria” en el que desgranar capítulos, artículos, poemas, noticias, etc.

Aparte de la obra inmortal cervantina, en estos momentos leo a Joan Margarit, “Un asombroso invierno”, en edición bilingüe catalán y español, a Miguel de Cervantes en “Los trabajos de Persiles y Sigismunda” y a Antonio Gamoneda en “Esta luz”.

Releo “La filosofía en el tocador” del Marqués de Sade y “Juan Larrea (El hombre que perseguía las palomas)” de José Fernández de la Sota.

¿Qué libro nos recomendarías y por qué?

Cada lector tiene sus particulares gustos y es difícil aventurar algún título, pero vayan dos por delante:

1.- Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar traducido por Julio Cortázar (Edhasa.- Barcelona). Es pura filosofía poética, de una capacidad de análisis psicológico admirable para mostrarnos a este hombre solo y, por otra parte, en relación con todo (sic), según sus propias palabras.

2.- La ruina del cielo, de Luis Mateo Díez (Ollero y Ramos Editores.- Madrid). Es una obra que se mimetiza con el paisaje, la historia y la memoria de las gentes a través de la voz de los muertos en un tremendo obituario. La condición humana y todas sus grandezas y miserias apegadas a la tierra con la sensación de que esas voces no volverán jamás pero que tampoco jamás dejarán de existir.

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