MARTÍN OLMOS, A SU MANERA

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Martín Olmos parece estar de vuelta de todo y no renuncia a escribir lo que piensa y como lo piensa, le pese a quien le pese. Nos visitará en la caseta de Urrike Liburudenda de la I Feria del Libro de Portugalete el próximo domingo, 17 de junio, de 13:00 a 15:00. Quisimos comprobar si era tan fiero como lo pintaban y le mandamos una cuantas preguntas. Nos contó todo lo que queríamos saber, pero a su manera, haciendo de su vida, sus proyectos y sus intereses esta historia.

 

Martín Olmos es la clase de tío indocumentado que aún cree que el oficio, no especialmente honorable, de la literatura puede proporcionarle un par de comidas calientes y un paquete de pitillos que, en sus escasos momentos de brillantez, sucumbe al desengaño y comprende que debe procurarse un empleo decente. Escribe crónicas basadas en historias antiguas y construye alrededor de ellas relatos que pretenden contar la vida desde su punto de vista personal, que es una mirada entre la comicidad y la tragedia, entre el circo y el funeral. Con su primer libro, “Escrito en negro“, que era una recopilación de crónicas de sucesos publicadas previamente en el periódico El Correo, obtuvo el Premio Café Bretón-Bodegas Olarra, el Rodolfo Walsh de la Semana Negra de Gijón y el Premio Euskadi de literatura, y durante un día o tal vez dos, se pensó que era Norman Mailer.

Después le echaron de un periódico y los devengos del libro no le permitieron comprarse un balandro, con lo que volvió a su mesa solitaria a compadecerse de sí mismo. Su segundo libro, “Breve relación de vidas extraordinarias“, ha arañado media docena de buenas críticas pero el fantasma de Norman Mailer se desvaneció como la música al final de una verbena y dejó de mirar catálogos de balandros. Conserva la esperanza, sin embargo, cuando una pandilla de orates deciden poner en marcha una feria del libro en Portugalete con lo que supone de gasto de energía, sacrificio de horas y quebraderos de cabeza, aunque a veces duda de la importancia de su participación.

Martín Olmos no ha llegado a muchas conclusiones en su vida, con lo que ha echado décadas enteras en balde, pero si intuye que librerías como Urrike promueven más la venta de un libro que una reseña en el “New Yorker” porque aún quedan libreros con su poso bien asentado de entusiasmo y consideran su oficio no como una industria de tenderos sino como un club de lectura y de difusión.

Martín Olmos maneja un millón o dos de referencias según su estado de ánimo y lo mismo le influye Umbral que Ellroy, Borges, Hemingway, Bonafoux el bohemio, Camba, Quevedo y Silver Kane. Le influye el lenguaje metafórico de los viejos, los chistes malos y las letras de los tangos. Cunqueiro y Valle Inclán, los doblajes antiguos de los westerns y la prosa desnuda de las novelas de duro. No ha conseguido terminar a Goethe ni a Joyce, sin embargo. Es un lector desordenado, en cualquier caso, y ahora está con una crónicas sobre la muerte en Bolivia de Alex Ayala Ugarte y con las “Izas, rabizas y colipoterras” de Cela, un libro recomendable y que es bastante difícil de encontrar, Dios debe saber la razón.

Martín Olmos anda ahora intentando escribir una novela del suroeste americano con reatas de vacas, corridos mejicanos y bandoleros gringos a pesar de que su mujer le sugiere que intente escribir una novela con templarios, asesinos en serie y paisajes de las Encartaciones por si hay suerte y puede hacerse una industria haciendo de cicerone de excursiones de lectores pero Martín Olmos padece, en cambio, un excéntrico sentido de la orientación con el que acabaría perdiendo a todos y tendría, a la larga, que vender sus riñones para cubrir las indemnizaciones.

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